Hay una expresión judicial que siempre me ha producido una mezcla de fascinación e incomodidad: «el milagro del pasillo».
Cualquier abogado de familia sabe de qué estamos hablando. Ese momento previo a entrar en sala en el que, de repente, posiciones aparentemente irreconciliables encuentran un punto de encuentro. Un asunto enquistado durante meses, o a veces años, termina resolviéndose en una conversación improvisada junto a una máquina de café, un banco de pasillo o una puerta entreabierta de juzgado.

Y conviene decirlo desde el principio: no tengo nada contra los acuerdos. Más bien al contrario.
Llevo trece años ejerciendo como abogado de familia y, probablemente, muchos funcionarios judiciales apenas sabrían reconocerme. Incluso en Murcia. No porque no trabaje en esta jurisdicción, sino precisamente porque una parte importante de mi trabajo consiste en evitar que determinados asuntos lleguen a juicio. Muchas veces se alcanza un acuerdo antes de demandar; otras, ya iniciado el procedimiento contencioso, durante la propia tramitación. En no pocas ocasiones, he defendido con firmeza a clientes para, precisamente por eso, conseguir después una solución negociada razonable.
Sé perfectamente que un buen acuerdo suele ser preferible a una mala sentencia. Y más aún en familia, donde rara vez hay vencedores absolutos y donde los daños emocionales pueden perpetuarse durante años.
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