Existe un tipo de reconocimiento que vale más que otros. No porque el galardón sea mayor ni porque venga de una institución más prestigiosa, sino por cómo se decide. El VII Certamen de Privacidad de APEP·IA, la Asociación Profesional Española de Privacidad e Inteligencia Artificial, falla sus premios en lectura ciega. El jurado no sabe quién ha escrito cada trabajo. No hay nombre, no hay trayectoria, no hay despacho detrás. Solo el artículo.
He obtenido el segundo premio. Y lo cuento aquí, en el blog, no para presumir sino porque la idea que está en el centro del artículo premiado nació, en parte, de mi otra vida. De ASSIDO. De las personas con discapacidad intelectual con las que convivo y trabajo desde hace años. Y me parece que eso merece una explicación.

El problema que todos conocemos, mientras miramos hacia otro lado
Cuando te registras en una web, instalas una aplicación o contratas un servicio online, aparece una pantalla. Hay un texto largo que nadie lee. Hay un botón que dice «Aceptar». Clicas. Sigues con lo que estabas haciendo.
Lo hacemos todos. Varias veces al día. Sin leer. Sin entender. Sin que en realidad nos importe demasiado, porque ya sabemos que ese documento no está escrito para que lo comprendamos. Está escrito para que la empresa cumpla la ley.
El Reglamento General de Protección de Datos, el RGPD, esa norma europea que entró en vigor en 2018 y que obligó a todo el mundo a actualizar sus políticas de privacidad, dice expresamente que la información debe facilitarse en «lenguaje claro y sencillo». Lo dice el artículo 12.1, con esa misma precisión. Y sin embargo, cualquiera que haya intentado leer una política de privacidad sabe que eso no es lo que ocurre.
La tesis de mi artículo es que el problema no es jurídico. Es comunicativo. No faltan normas, falla el lenguaje. Y esa distinción importa, porque cambia radicalmente el diagnóstico y las soluciones.
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