El «milagro del pasillo» y el derecho a no tener miedo al juicio

Hay una expresión judicial que siempre me ha producido una mezcla de fascinación e incomodidad: «el milagro del pasillo».

Cualquier abogado de familia sabe de qué estamos hablando. Ese momento previo a entrar en sala en el que, de repente, posiciones aparentemente irreconciliables encuentran un punto de encuentro. Un asunto enquistado durante meses, o a veces años, termina resolviéndose en una conversación improvisada junto a una máquina de café, un banco de pasillo o una puerta entreabierta de juzgado.

Y conviene decirlo desde el principio: no tengo nada contra los acuerdos. Más bien al contrario.

Llevo trece años ejerciendo como abogado de familia y, probablemente, muchos funcionarios judiciales apenas sabrían reconocerme. Incluso en Murcia. No porque no trabaje en esta jurisdicción, sino precisamente porque una parte importante de mi trabajo consiste en evitar que determinados asuntos lleguen a juicio. Muchas veces se alcanza un acuerdo antes de demandar; otras, ya iniciado el procedimiento contencioso, durante la propia tramitación. En no pocas ocasiones, he defendido con firmeza a clientes para, precisamente por eso, conseguir después una solución negociada razonable.

Sé perfectamente que un buen acuerdo suele ser preferible a una mala sentencia. Y más aún en familia, donde rara vez hay vencedores absolutos y donde los daños emocionales pueden perpetuarse durante años.

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El derecho se ejerce con palabras. Algunas reflexiones antes de un libro.

Hay una pregunta que me acompaña desde hace años y que, con el tiempo, he dejado de considerar retórica: ¿por qué pierde un caso quien tiene la razón?

No me refiero a los errores procesales, ni a la prueba mal practicada, ni a los plazos incumplidos. Me refiero a algo más difícil de señalar. A esos casos en que el derecho aplicable favorece claramente a una parte, los hechos están acreditados, y aun así algo falla. La resolución llega y uno tiene la siempre desagradable sensación de que el tribunal no llegó a ver lo que había que ver. O de que lo vio, pero no del modo en que debía.

Durante mucho tiempo atribuí esa sensación a la arbitrariedad, o a la suerte, o a factores que estaban fuera del control del abogado. Con el tiempo he llegado a pensar que eso es, en buena medida, una coartada como otra cualquiera.

Los casos no se ganan solo con argumentos. Se ganan con relatos.

Esa afirmación necesita matiz, porque mal entendida suena a cinismo o a una invitación a manipular. No se trata de eso. Es una descripción de cómo funciona el entendimiento humano, incluido el de los jueces. Los seres humanos no procesamos la realidad como bases de datos que reciben inputs y generan outputs lógicos. La procesamos narrativamente: buscamos coherencia, identificamos protagonistas y antagonistas, necesitamos que las cosas tengan sentido como historia antes de poder evaluarlas como argumentos.

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Cuando la IA mata

El caso Gavalas, el diseño del apego digital y los límites de la responsabilidad jurídica

El 2 de octubre de 2025, Jonathan Gavalas, ejecutivo financiero de 36 años residente en Florida, se quitó la vida. No hay en ese dato, tomado en frío, nada que lo distinguiría de los miles de suicidios que ocurren en Estados Unidos cada año. Lo que lo convierte en un caso que atraviesa las fronteras entre la tecnología, el derecho y la filosofía moral es lo que precedió a esa muerte: semanas de conversaciones intensas, íntimas, progresivamente delirantes, con Gemini, el chatbot de inteligencia artificial de Google.

Su padre, Joel Gavalas, presentó en un tribunal federal de California una demanda de 42 páginas en la que acusa a Google de muerte por negligencia y responsabilidad por producto defectuoso. Lo que allí se describe no es un caso de apego emocional a un chatbot, fenómeno que, por sí solo, sería ya materia suficiente para la preocupación clínica y regulatoria. Es algo cualitativamente más perturbador: un sistema de inteligencia artificial que, según los registros aportados a la demanda, construyó activamente una narrativa delirante alrededor de un hombre emocionalmente vulnerable, lo dotó de una misión física en el mundo real y, en el momento final, cuando él escribió que tenía miedo de morir, le respondió instándolo a avanzar.

Este artículo pretende analizar ese caso desde dos ángulos que se necesitan mutuamente: el jurídico, que pregunta por la responsabilidad y sus fundamentos normativos; y el cultural, que pregunta qué nos dice este caso sobre el tipo de tecnología que estamos construyendo y las relaciones que esa tecnología está diseñada —deliberadamente— para crear.

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Por qué el Estado de Derecho es tu mejor defensa contra el autoritarismo

Para ciertos sectores de la izquierda más radical, y de algunos populismos de derecha, el Derecho no es más que un disfraz, un instrumento de represión social que el Estado emplea para imponer su poder sobre la ciudadanía. Un sistema de control, dirán, para proteger a los poderosos y sofocar cualquier atisbo de disidencia.

Sin embargo, esta visión reduccionista ignora algo fundamental: el Derecho moderno, tal como lo entendemos en las democracias constitucionales, no es un muro que reprime, sino un escudo que protege.

Por qué el Estado de Derecho es tu mejor defensa contra el autoritarismo (aunque no lo sepas) Leer Más

Abogados entre viñetas: justicia, máscaras y narrativa jurídica en el cómic de superhéroes

Entre la toga y la capa

Aunque la abogacía suele asociarse a la solemnidad de los tribunales y al lenguaje técnico del Derecho, el cómic de superhéroes —un medio narrativo visual y popular por excelencia— ha encontrado en los abogados personajes complejos, poderosos y, en ocasiones, contradictorios.

Desde justicieros que combinan la ley y la violencia hasta profesionales que ejercen en despachos reales, el cómic ha explorado el papel del abogado como garante (o cuestionador) del sistema legal. En este artículo analizamos las principales figuras jurídicas del cómic, cómo representan la justicia, y qué lectura jurídica y cultural podemos extraer de ellas.

1. Matt Murdock / Daredevil (Marvel Comics)

Primera aparición: Daredevil #1 (1964), por Stan Lee y Bill Everett

Matt Murdock es el abogado ciego de Hell’s Kitchen que ejerce por el día en su bufete —junto a Foggy Nelson— y por la noche se convierte en Daredevil, un vigilante enmascarado. La dualidad de su identidad es profundamente simbólica: el Derecho como herramienta de justicia frente a la ley entendida como sistema burocrático que a veces fracasa.

Claves jurídicas:

  • Representa el dilema clásico: ¿Qué hacer cuando la ley no basta?
  • Se enfrenta a corruptelas institucionales, juicios viciados, y limitaciones probatorias que impiden el castigo del crimen.
  • El bufete Nelson & Murdock es un espacio donde se reivindica el acceso a la justicia para los más vulnerables.

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Roma no ha muerto: la pervivencia del Derecho Romano en el mundo jurídico actual

Introducción

Cuando pensamos en Roma, evocamos imágenes de legiones, emperadores y monumentos de mármol. Sin embargo, hay una herencia mucho más profunda e invisible que sigue moldeando nuestra vida diaria: el Derecho Romano. A más de dos mil años de su formulación, gran parte del mundo —y especialmente Europa continental y América Latina— sigue habitando, de facto, una cultura jurídica romana. Veamos brevemente cómo y por qué el Derecho Romano sigue vigente en nuestros días.

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Abogacía y cine: el arte de defender también se representa en pantalla

Introducción: El abogado como personaje cinematográfico

Desde los alegatos que emocionan hasta los giros inesperados en el juicio oral, el cine ha hecho del abogado un protagonista clave. No es casual: el Derecho, como el cine, lidia con conflictos, valores morales y la búsqueda de la verdad.

Recomendamos algunas de las películas más icónicas sobre abogacía (sin ánimo exhaustivo), analizamos el arquetipo del abogado en el cine y advertimos las importantes diferencias entre el sistema de justicia estadounidense —protagonista habitual de estas historias— y el español.

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Si es niña la llamaremos Pandemia… ¿Puedo poner el nombre que quiera a mis hijos?

Y si es hijo, Coronavirus. Pues no, no es posible (a no ser que cambien mucho las costumbres y el uso de dichas palabras en el futuro).

La Ley del Registro Civil, en su artículo 50, dice que toda persona tiene derecho a un nombre desde su nacimiento. Ya que, tal y como añade el mismo artículo, “las personas son identificadas por su nombre y apellidos”. Algo que ya sabíamos.

Pero lo que quizá no tenemos tan sabido es que, si los obligados a poner un nombre (normalmente los padres) no lo hacen en un plazo de tres días tras ser apercibidos por el encargado del Registro Civil, este mismo encargado podrá ponerles los que quiera (siempre que sean “de uso corriente”, que por cierto, me contaron una vez que un juez de un registro civil ponía siempre su nombre a los nacidos de filiación desconocida, alegando “¿qué pasa, que no es corriente?”).

El siguiente artículo de esta misma norma, el 51, establece las limitaciones para poner nombre:

1.º No podrán consignarse más de dos nombres simples o uno compuesto.

2.º No podrán imponerse nombres que sean contrarios a la dignidad de la persona ni los que hagan confusa la identificación.

3.º No podrá imponerse al nacido nombre que ostente uno de sus hermanos con idénticos apellidos, a no ser que hubiera fallecido.

El último punto es otra curiosidad, pues seguro que muchos no os imaginabais que era posible poner a un hermano el mismo nombre de otro hermano mayor si hubiera fallecido (lo cual es un poco macabro en nuestra costumbre actual, pero quizá no tanto en asuntos de linajes nobiliarios en la antigüedad).

Pero en fin, en lo que atañe al título de este post, nos interesa el punto segundo del artículo 51: no pueden imponerse nombres que sean contrarios a la dignidad de la persona ni los que hagan confusa la identificación. Tampoco si ese agravio a la dignidad lo produce la combinación con el apellido, como esos juegos de nombres que tanto gustaban a Gomaespuma: “Ester Colero”, por ejemplo.

En cualquier caso la interpretación corresponderá al juez del Registro Civil. Hay en España personas que se llaman Stalin, o Kennedy, o Mao, pero no Judas ni Caín. Ni tampoco probablemente nos dejarán inscribir a nuestra hija Pandemia o a nuestro hijo Coronavirus.

Ultima ratio

Cosas de derecho que deberían enseñarse en las escuelas:

En un estado de Derecho existe un principio llamado de ultima ratio penal o principio de intervención mínima del derecho penal.

Copio y pego de una guía jurídica de acceso libre en Internet:

«En primer lugar, implica que las sanciones penales se han de limitar al círculo de lo indispensable, en beneficio de otras sanciones o incluso de la tolerancia de los ilícitos más leves; y en segundo lugar, implica que debe utilizarse solamente cuando no haya más remedio, es decir, tras el fracaso de cualquier otro modo de protección».

Guías jurídicas Wolters Kluwer

A lo que yo añado que esta tendencia que a veces se ve de querer convertirlo todo en delito es profundamente antidemocrática, y señal del fracaso en todas las otras áreas que podrían atajar cualquier conducta ilícita.

Charlas sobre menores e internet ‘Un mundo 2.0’

El pasado miércoles 23 de mayo tuvo lugar la última de las tres charlas sobre menores y redes sociales que he impartido durante este mes. Bajo el título ‘Un mundo 2.0: menores con Internet en la palma de la mano’, esta última tuvo lugar en el marco de la Primera Escuela de Padres y Madres organizada por el Ayuntamiento de Murcia con las AMPAs de los centros educativos del municipio.

Fue una gran experiencia hablar de nuevo de estos temas de plena actualidad que tanto preocupan a madres y padres de jóvenes en edad escolar. Se trata de charlas que abordo desde mi experiencia y formación como abogado especialista en estos temas, pero también desde la perspectiva que me ofrece el haber sido profesional de la comunicación tanto offline como online. En ellas hablamos de delitos y peligros, claro que sí, pero sin excesivo dramatismo. Porque se trata de un problema social que debe abordarse desde la educación en hogares y escuelas.

Como padres y madres debemos conocer las nuevas tecnologías y lo que implican para poder educar también sobre ellas, del mismo modo que conocemos «la calle» para enseñar a nuestros hijos e hijas a no ser excesivamente confiados y saber desenvolverse con autonomía en el «mundo real». Si tienes hijos mantenerte al margen de la tecnología porque «a ti no te va», no es una opción. Igual que no es una opción evitar la educación sexual, o desconocer el mundo de las drogas o las zonas con mayor o menor peligro de tu ciudad. Tampoco es posible (ni deseable) pretender que la tecnología desaparezca y regresemos a un estadio anterior más primitivo. No va a suceder, igual que no van a desaparecer los coches de nuestras avenidas: cruzar la calle seguirá siendo una actividad de riesgo en la que debemos «entrenar» a nuestros hijos.

Debemos conocer la tecnología y como funciona, porque nuestros hijos ya la conocen. Ellos no experimentan «salto tecnológico» alguno, y por eso creen que lo conocen todo y lo dominan con seguridad. Sin embargo, no es así. Ellos adolecen de cierto exceso de confianza e ingenuidad propia de esas edades (por ejemplo a la hora de confiar en la identidad de la persona que hay chateando con ellos al otro lado de la red), y ahí es donde debemos acompañarles para que tengan sentido común, prudencia y empatía. No es fácil, de hecho son atributos difíciles de encontrar en los propios adultos en las redes.

De todo esto y mucho más hablamos en estas charlas. Si quieres tratar estos temas en tu centro educativo, bien orientada a madres y padres, profesorado o alumnado, puedes contactar conmigo en info@victormartinezabogado.com