Una campaña para descubrir lo que ya éramos

Después de trece años de despacho, este verano decidimos detenernos a pensar no tanto en qué hacemos, sino en cómo lo hacemos. El resultado ha sido una nueva manera de contar Víctor Martínez Abogado. Aunque quizá sea más exacto decir que hemos encontrado las palabras —y las imágenes, y hasta las canciones— para contar algo que ya estaba ahí.

Esta fue la primera pieza que hicimos este verano.

UnCommodity. Pensar más allá del formulario.

Entonces nos gustó la idea.

Ahora sabemos mucho mejor por qué.

Trece años después

Víctor Martínez Abogado nació en 2013.

Trece años dan para llevar muchos asuntos, conocer a muchas personas y comprobar que casi nunca los problemas reales llegan tan ordenados como aparecen en los formularios.

También dan para cambiar.

Ha cambiado el Derecho. Ha cambiado la tecnología. Han aparecido formas de contratar, de comunicarnos y de relacionarnos que hace trece años apenas existían. Y la inteligencia artificial empieza ahora a plantearnos preguntas jurídicas que hace muy poco tiempo ni siquiera sabíamos que tendríamos que formular.

El despacho también ha cambiado.

Este verano decidimos detenernos un momento y mirar hacia atrás.

No para preguntarnos qué queríamos ser durante los próximos trece años, sino algo aparentemente más sencillo:

¿Cómo estamos trabajando realmente?

La respuesta acabó siendo bastante más interesante de lo que esperábamos.

No necesitábamos inventarnos una identidad

Podríamos llamarlo rebranding.

Hay un nuevo logotipo. Hay una nueva identidad visual. Han aparecido tres letras —VMA— que sintetizan Víctor Martínez Abogado. Hemos reformulado buena parte de nuestra web. Y durante varias semanas hemos publicado una serie de piezas gráficas con un lenguaje deliberadamente distinto del habitual en la comunicación jurídica.

Pero, visto ahora, el proceso fue casi el contrario de un rebranding convencional.

No decidimos primero qué queríamos parecer para construir después una imagen que lo transmitiera.

Intentamos averiguar qué éramos ya.

Miramos cómo estábamos abordando asuntos de familia, discapacidad, propiedad intelectual, protección de datos o reclamaciones frente a determinados modelos de formación online. Miramos también hacia los nuevos problemas relacionados con la tecnología y la inteligencia artificial.

Ámbitos jurídicos muy distintos.

Y, sin embargo, aparecía una manera bastante reconocible de enfrentarnos a todos ellos.

Quizá la campaña no estaba construyendo una identidad.

Estaba haciéndola visible.

No default answer

Una de las primeras ideas que apareció fue esta:

NO DEFAULT ANSWER.

No hay una respuesta por defecto.

Puede parecer una obviedad. Para nosotros terminó siendo algo parecido a una declaración de principios.

Los abogados necesitamos categorías. El Derecho funciona necesariamente con ellas. Divorcios, herencias, propiedad intelectual, consumo, protección de datos, discapacidad…

También las páginas web de los despachos suelen organizarse así. Es lógico: permiten explicar qué hacemos.

El problema comienza cuando confundimos la categoría con el problema.

Porque las personas no suelen llegar a un abogado con una categoría jurídica perfectamente construida. Llegan con algo que les está ocurriendo.

Una empresa está utilizando unas fotografías sin permiso. Una academia continúa reclamando pagos pese a los problemas existentes en la contratación. Una pareja necesita ordenar jurídicamente una separación sin destruir todo lo que queda alrededor. Una familia intenta encontrar los apoyos adecuados para que una persona con discapacidad pueda ejercer sus derechos con la mayor autonomía posible. Una empresa empieza a utilizar inteligencia artificial y descubre que aparecen preguntas que no caben limpiamente en ninguna casilla.

El cliente no tiene por qué saber previamente qué formulario necesita.

Tiene que poder contarnos qué le ocurre.

Cada problema merece su propia pregunta

De No default answer apareció casi inevitablemente la siguiente idea.

Cada problema merece su propia pregunta.

Porque antes de buscar la respuesta hay algo más importante: asegurarse de que estamos respondiendo a la pregunta correcta.

Una parte sustancial del trabajo jurídico ocurre precisamente ahí.

¿Qué ha sucedido realmente? ¿Qué quiere conseguir la persona que tenemos delante? ¿Qué hechos son importantes? ¿Qué podemos acreditar? ¿Qué intereses hay detrás de las posiciones iniciales? ¿Estamos ante un problema que necesita un procedimiento judicial o existe una solución mejor?

Solo entonces llega el Derecho.

Y después, en su caso, llega el formulario.

Pensar más allá del formulario

Esta idea empezó a repetirse durante toda la campaña.

No porque despreciemos los formularios. Todo lo contrario.

Los procedimientos, los modelos, los protocolos y la experiencia acumulada permiten trabajar mejor. No tendría ningún sentido reinventar cada día lo que ya sabemos hacer.

Pero existe una diferencia importante entre utilizar una herramienta después de pensar y utilizarla para evitar pensar.

Dos divorcios pueden seguir el mismo procedimiento y ser dos problemas completamente distintos. Dos reclamaciones de consumo pueden invocar las mismas normas y exigir estrategias diferentes. Dos conflictos aparentemente idénticos pueden necesitar soluciones opuestas porque las personas, los intereses o las pruebas no son los mismos.

El expediente tiene una categoría.

El problema tiene una historia.

La campaña empezó a contestarnos

Y entonces ocurrió algo que no habíamos previsto del todo.

Las piezas empezaron a dialogar entre sí.

No default answer.

Cada problema merece su propia pregunta.

Pensar más allá del formulario.

Not just a prompt.

Esta última apareció hablando de inteligencia artificial, pero acabó diciendo algo que servía también para describir el despacho.

Preguntar bien es importante.

Nunca ha sido suficiente.

Una pregunta —a una inteligencia artificial, a un cliente, a un expediente o a nosotros mismos— tiene valor cuando sabemos qué hacer con la respuesta.

Había que añadir una segunda parte a nuestra reivindicación de pensar.

Había que hacer.

Pensar. Hacer. Resolver.

Esta quizá sea una de las conclusiones más importantes de todo el proceso.

No nos interesa «pensar diferente» como una declaración estética.

El análisis jurídico tiene que convertirse en estrategia. Y la estrategia tiene que producir decisiones.

Pensar. Hacer. Resolver.

Eso modifica incluso la manera de entender actuaciones aparentemente rutinarias.

Una reclamación extrajudicial, por ejemplo, no es simplemente el trámite que hacemos antes de que empiece «el caso».

Ya es parte del caso.

Lo que decimos, lo que decidimos no decir, los documentos que aportamos, la posición jurídica que construimos, las alternativas que dejamos abiertas y hasta el momento en el que actuamos pueden condicionar todo lo que ocurra después.

La estrategia no empieza cuando entramos en el juzgado.

Empieza cuando comprendemos el problema.

Think out of the checkbox

A esas alturas la campaña ya estaba diciendo algo bastante concreto.

No se trataba de pensar fuera de la caja por el mero placer de ser diferentes.

Quizá se trataba de algo más preciso:

pensar fuera de la casilla.

No aceptar que la primera clasificación del problema sea necesariamente la correcta. No permitir que la herramienta determine la pregunta. No confundir el procedimiento con el objetivo.

Y, al mismo tiempo, saber volver a la casilla cuando es la herramienta adecuada.

Porque pensar de otra manera no consiste en hacer cosas extravagantes.

Consiste en elegir conscientemente qué hacemos y por qué.

Bueno. Vamos a leer la norma

Hubo todavía una pieza que parecía hablar de otra cosa.

«Todo ha cambiado».

«Ya están multando».

«Puedes enfrentarte a sanciones millonarias».

El lenguaje jurídico en redes sociales ha aprendido demasiado bien algunas técnicas del clickbait. Cada nueva norma parece llegar acompañada de una sirena de emergencias.

Nosotros preferimos otra reacción.

Bueno. Vamos a leer la norma.

Comprobar qué dice realmente. A quién afecta. Desde cuándo. Qué obligaciones establece. Qué excepciones contiene. Qué consecuencias pueden producirse de verdad.

Y solo después decidir.

Nos dimos cuenta de que aquello también pertenecía a la misma campaña.

Porque No default answer, pensar más allá del formulario y vamos a leer la norma procedían, en el fondo, de una misma actitud.

Antes de responder, entender.

Del problema a la solución

Todo aquello terminó afectando incluso a nuestra página web.

La estructura tradicional de un despacho invita a empezar por los servicios: «Derecho de familia», «propiedad intelectual», «consumo», «protección de datos»…

Nosotros queríamos probar otra puerta de entrada.

Cuéntanos el problema.

No necesitas saber previamente qué procedimiento corresponde. Ni cómo se llama jurídicamente lo que te está ocurriendo. Ni llegar al despacho con la solución medio construida.

Ese es nuestro trabajo.

Escuchar el problema, entenderlo, determinar qué herramientas jurídicas pueden servir y construir una estrategia.

Del problema a la solución.

Eso es VMA.

O, siendo más exactos, descubrimos que eso llevaba bastante tiempo siendo VMA.

Solo que todavía no lo habíamos formulado así.

¿Puede un despacho de abogados tener banda sonora?

Y mientras hacíamos todo esto ocurrió otra cosa.

La campaña empezó a sonar.

Desde el principio habíamos acompañado las piezas con canciones. No como simple música de fondo ni como un recurso para intentar conseguir unos segundos más de atención en Instagram.

Las canciones también decían cosas.

Añadían una referencia, una ironía, un estado de ánimo o una segunda lectura.

Bowie, Talking Heads, DEVO y otros fueron apareciendo junto a las piezas hasta que nos hicimos una pregunta bastante poco habitual en la comunicación de un despacho:

¿Un despacho de abogados puede tener banda sonora?

Decidimos que el nuestro sí.

Así nació VMA Awesome Mix Vol. 1.

Porque si estábamos intentando explicar quiénes somos, tampoco tenía demasiado sentido dejar fuera la cultura que forma parte de nuestra manera de mirar las cosas.

Ley.

Ideas.

Música.

Personas.

Hay canciones, películas, libros e imágenes que nos enseñan a mirar mucho antes de que intentemos convertir esa mirada en un método. Probablemente también están presentes cuando trabajamos: en la curiosidad, en cierta resistencia a las respuestas demasiado obvias, en el gusto por relacionar cosas aparentemente alejadas y en la costumbre de buscar otro ángulo cuando el primero no funciona.

Quizá un despacho tampoco tenga por qué ser únicamente un catálogo de servicios.

UnCommodity

Y llegamos otra vez al principio.

UnCommodity. Pensar más allá del formulario.

Fue la primera pieza de la campaña.

Cuando la hicimos, queríamos expresar una intuición: un servicio jurídico no debería convertirse en un producto indiferenciado, intercambiable, construido a partir de respuestas idénticas para problemas aparentemente semejantes.

Después vinieron todas las demás.

Y al volver ahora a aquella primera imagen resulta curioso comprobar que buena parte de lo que hemos descubierto estaba ya allí.

No queríamos decir que cada asunto exigiera inventar el Derecho desde cero.

Queríamos decir algo bastante más sencillo.

Que las herramientas están al servicio del problema.

Que el formulario viene después de pensar.

Que no existe una respuesta por defecto.

Que cada problema merece su propia pregunta.

Que preguntar bien no basta.

Que hay que pensar, hacer y resolver.

Y que, de vez en cuando, antes de anunciar que todo ha cambiado, conviene sentarse tranquilamente y leer la norma.

Beginning to see the light

Después de trece años podríamos decir que este verano hemos hecho un rebranding.

Sería cierto.

Hay un nuevo logotipo. Una nueva identidad visual. Una web reformulada. Un lenguaje gráfico distinto. Unas siglas —VMA— que cada vez nos resultan más naturales.

Pero sería una explicación incompleta.

Porque no hemos intentado inventar una nueva personalidad para Víctor Martínez Abogado.

Hemos intentado descubrir cuál tenía ya.

La campaña comenzó preguntándonos cómo queríamos contar el despacho.

Y terminó ayudándonos a entenderlo.

Quizá por eso la canción adecuada para cerrar todo esto sea Beginning to See the Light, de The Velvet Underground.

No porque después de trece años hayamos decidido convertirnos en otra cosa.

Precisamente por lo contrario.

Porque empezamos a ver con bastante claridad lo que llevábamos tiempo siendo.

VMA — Del problema a la solución.

El «milagro del pasillo» y el derecho a no tener miedo al juicio

Hay una expresión judicial que siempre me ha producido una mezcla de fascinación e incomodidad: «el milagro del pasillo».

Cualquier abogado de familia sabe de qué estamos hablando. Ese momento previo a entrar en sala en el que, de repente, posiciones aparentemente irreconciliables encuentran un punto de encuentro. Un asunto enquistado durante meses, o a veces años, termina resolviéndose en una conversación improvisada junto a una máquina de café, un banco de pasillo o una puerta entreabierta de juzgado.

Y conviene decirlo desde el principio: no tengo nada contra los acuerdos. Más bien al contrario.

Llevo trece años ejerciendo como abogado de familia y, probablemente, muchos funcionarios judiciales apenas sabrían reconocerme. Incluso en Murcia. No porque no trabaje en esta jurisdicción, sino precisamente porque una parte importante de mi trabajo consiste en evitar que determinados asuntos lleguen a juicio. Muchas veces se alcanza un acuerdo antes de demandar; otras, ya iniciado el procedimiento contencioso, durante la propia tramitación. En no pocas ocasiones, he defendido con firmeza a clientes para, precisamente por eso, conseguir después una solución negociada razonable.

Sé perfectamente que un buen acuerdo suele ser preferible a una mala sentencia. Y más aún en familia, donde rara vez hay vencedores absolutos y donde los daños emocionales pueden perpetuarse durante años.

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El derecho se ejerce con palabras. Algunas reflexiones antes de un libro.

Hay una pregunta que me acompaña desde hace años y que, con el tiempo, he dejado de considerar retórica: ¿por qué pierde un caso quien tiene la razón?

No me refiero a los errores procesales, ni a la prueba mal practicada, ni a los plazos incumplidos. Me refiero a algo más difícil de señalar. A esos casos en que el derecho aplicable favorece claramente a una parte, los hechos están acreditados, y aun así algo falla. La resolución llega y uno tiene la siempre desagradable sensación de que el tribunal no llegó a ver lo que había que ver. O de que lo vio, pero no del modo en que debía.

Durante mucho tiempo atribuí esa sensación a la arbitrariedad, o a la suerte, o a factores que estaban fuera del control del abogado. Con el tiempo he llegado a pensar que eso es, en buena medida, una coartada como otra cualquiera.

Los casos no se ganan solo con argumentos. Se ganan con relatos.

Esa afirmación necesita matiz, porque mal entendida suena a cinismo o a una invitación a manipular. No se trata de eso. Es una descripción de cómo funciona el entendimiento humano, incluido el de los jueces. Los seres humanos no procesamos la realidad como bases de datos que reciben inputs y generan outputs lógicos. La procesamos narrativamente: buscamos coherencia, identificamos protagonistas y antagonistas, necesitamos que las cosas tengan sentido como historia antes de poder evaluarlas como argumentos.

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El procedimiento de separación o divorcio de mutuo acuerdo presenta numerosas ventajas desde el punto de vista procesal:

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Si es niña la llamaremos Pandemia… ¿Puedo poner el nombre que quiera a mis hijos?

Y si es hijo, Coronavirus. Pues no, no es posible (a no ser que cambien mucho las costumbres y el uso de dichas palabras en el futuro).

La Ley del Registro Civil, en su artículo 50, dice que toda persona tiene derecho a un nombre desde su nacimiento. Ya que, tal y como añade el mismo artículo, “las personas son identificadas por su nombre y apellidos”. Algo que ya sabíamos.

Pero lo que quizá no tenemos tan sabido es que, si los obligados a poner un nombre (normalmente los padres) no lo hacen en un plazo de tres días tras ser apercibidos por el encargado del Registro Civil, este mismo encargado podrá ponerles los que quiera (siempre que sean “de uso corriente”, que por cierto, me contaron una vez que un juez de un registro civil ponía siempre su nombre a los nacidos de filiación desconocida, alegando “¿qué pasa, que no es corriente?”).

El siguiente artículo de esta misma norma, el 51, establece las limitaciones para poner nombre:

1.º No podrán consignarse más de dos nombres simples o uno compuesto.

2.º No podrán imponerse nombres que sean contrarios a la dignidad de la persona ni los que hagan confusa la identificación.

3.º No podrá imponerse al nacido nombre que ostente uno de sus hermanos con idénticos apellidos, a no ser que hubiera fallecido.

El último punto es otra curiosidad, pues seguro que muchos no os imaginabais que era posible poner a un hermano el mismo nombre de otro hermano mayor si hubiera fallecido (lo cual es un poco macabro en nuestra costumbre actual, pero quizá no tanto en asuntos de linajes nobiliarios en la antigüedad).

Pero en fin, en lo que atañe al título de este post, nos interesa el punto segundo del artículo 51: no pueden imponerse nombres que sean contrarios a la dignidad de la persona ni los que hagan confusa la identificación. Tampoco si ese agravio a la dignidad lo produce la combinación con el apellido, como esos juegos de nombres que tanto gustaban a Gomaespuma: “Ester Colero”, por ejemplo.

En cualquier caso la interpretación corresponderá al juez del Registro Civil. Hay en España personas que se llaman Stalin, o Kennedy, o Mao, pero no Judas ni Caín. Ni tampoco probablemente nos dejarán inscribir a nuestra hija Pandemia o a nuestro hijo Coronavirus.

Ultima ratio

Cosas de derecho que deberían enseñarse en las escuelas:

En un estado de Derecho existe un principio llamado de ultima ratio penal o principio de intervención mínima del derecho penal.

Copio y pego de una guía jurídica de acceso libre en Internet:

«En primer lugar, implica que las sanciones penales se han de limitar al círculo de lo indispensable, en beneficio de otras sanciones o incluso de la tolerancia de los ilícitos más leves; y en segundo lugar, implica que debe utilizarse solamente cuando no haya más remedio, es decir, tras el fracaso de cualquier otro modo de protección».

Guías jurídicas Wolters Kluwer

A lo que yo añado que esta tendencia que a veces se ve de querer convertirlo todo en delito es profundamente antidemocrática, y señal del fracaso en todas las otras áreas que podrían atajar cualquier conducta ilícita.